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Fueron 18 años contigo, gracias mi Niña

Aquí le compartimos una carta de despedida tras 18 maravillosos años de amor a su perrita Niña

Un día llegué casa y no saliste a recibirme, supuse que estabas en un sueño muy profundo, sin darme cuenta que los años pasan factura sobre tí.

Recuerdo que pasé de 6to grado a bachillerato, estaba muy emcionada y llegaste a casa, mi hermana te trajo para colorear mi vida desde el primer momento. eras tan pequeña, tan tierna, tan tremenda, nos enamoramos de ti.

Yo en el bachillerato, mis tareas y mis cosas no dejaba de cuidarte y de mimarte, siempre a mi lado, siempre consentida, durmiendo en mi cama. Recuerdo que si yo no iba a acostarme, tu me buscabas como diciendo: ven a dormir.

Mi primer novio, mi primera ruptura, mis primeras lágrimas de despecho y tú allí, junto a mi, sin importar nada, siempre allí. Eras mi mejor amiga, mi confidente y mi paño de lágrimas.

Me gradué del colegio y empecé la universidad, mis amigos te conocían y al llegar a casa los recibías con tanta alegría, como una buena anfitriona. Todos te querían mucho ¿cómo no iban a hacerlo si eras un dulce?

Así pasó el tiempo y me gradué en la universidad, tú estabas allí, en mis exámenes finales, hasta en mis viajes, porque éramos inseparables. Ya no estabas tan activa, pero siempre alegre.

Mi niña tendría 10 meses a lo mucho en esta foto

Así llegó el día en que al llegar a casa no salías a recibirme y era yo quien llegaba a tu cama a consentirte con cuidado de no asustarte, te tocaba tu pelito con delicadeza y levantabas tu cabeza como para mirarme, pero ya estabas casi ciega y yo aún no lo notaba.

Recuerdo que compramos una lavadora, la dejamos en el pasillo y cuando te llamé insistentemente, te toqué y te invité a dormir en el cuarto, cuando ibas por el pasillo tropezaste de frente con la lavadora. Era indudable, ya no veías… y estabas casi sorda…

El paso del tiempo es implacable y empezaba a pasar factura. Tu pelaje cambió, ahora tenías algo en la piel, dormías muchísimo y aunque te llamara, no contestabas, ni te enterabas. Estabas viejita, y eran 16 años desde ese día que te tuve entre mis brazos por primera vez.

Te cuidé lo más que pude, empezaron los achaques de «viejita», te dio por destrozar la basura, robarte la comida de nosotros y hacer tus necesidades donde fuera. ¿Qué podía hacer? ya sabía que teníamos una carrera contra el tiempo.

Recuerdo que empezaste a ahogarte, como si no pudieras respirar, la veterinaria recomendó unas pastillas para el corazón y nos explicó que eras una perra senil. Realmente la pastilla te ayudó un poco y yo lo agradecí mucho.

Una mañana cuando fuiste a beber agua, te caíste sobre tu taza llena de agua, pude sujetarte y evitar que te ahogaras. Te abracé, te sequé y te miré a los ojitos, esos ojitos empañados de vejez, de tiempo y entendí que ya no era un día más, si no un día menos.

Te observé lo más que pude, te mimé y te ibas de lado, se sentías mal. Te abracé fuerte, te sostuve entre mis brazos y te llevé al veterinario. Ya habían pasado 18 años desde nuestro primer abrazo.

Te miré a los ojos fijamente mientras la veterinaria te examinaba y me dijo lo que no quería escuchar. Te mimé y te hablé con todo mi amor, con los ojos llenos de lágrimas, esperando que tu corazón dejara de latir. Mi Niña eterna, siempre, siempre te amaré y sé que algún día volveremos encontrarnos.

Agradecí tanto por esos 18 años, muchos años para un perro. Lejos de cerrar mi corazón, le prometí a mi niña que volvería a amar a algún perrito que lo necesitara y así lo hice.

Pueden destrozar zapatos, romper cosas, hacer desastres, pero nunca te romperán el corazón, salvo que el de ellos, deje de latir. No te cierres a amar una vez más, adopta y déjate querer.

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