Gatos

«Días para ser gato» un libro que hay que leer si eres amante de los mininos

El español Pedro Zuazua plasma todos sus aventuras con Mía y Atún sus dos compañeros felinos

Pedro Zuazua, reconocido comunicológo español por un largo periódo ignoró lo que era ser gobernado por el amor gatuno: Si, esa irremediable ternura que nos despiertar ver a esa bolita de pelos pasearse a sus anchas por toda la casa y dejar en cada paso su particular maullido para llamar nuestra atención.

Hoy es todo lo contrario. Es tanto el amor que este hombre profeza por sus mininos que no tuvo más remedio que escribir el segundo libro en honor a su segundo gato.

En su prólogo se confiesa un adicto incurable de la compañía gatuna. Y es que su primera gata Mia fue la musa que lo inspiró a escribir su libro titulado: «En mi casa no entran gatos», obra en el que devela como el particular amor de su gata pudo desmontar poco a poco los prejuicios que se han creado en torno a los mininos, tanto así que la compañía de su fiel michi es una de las cosas que más disfruta actualmente.

Pero Zuazua no solo se resistió al amor de Mia, con la llegada de Atún (su nuevo minino), cumplió la profecía de Ernest Hemingway «Un gato conduce a otro gato», y a que no adivinan, este pequeño felino también puso a escribir a su humano, quien estrenó su nuevo libro «Días para ser gato» el próximo 2 de mayo, esta vez para hacer honor a lo que es compartir su vida con dos traviesos felinos.

Aquí un abre boca del mismo Pedro Zuazua contándonos lo que lo inspiró a escribir este nuevo libro:

Entre la felicidad de mi gata o ser una persona de palabra, elegí lo primero. En junio de 2016, después de repetir por activa y por pasiva a todo el que quisiera escucharme que en mi casa no entraba un gato, apareció Mía. Aquel ser minúsculo, adorable y juguetón transformó mi vida de una forma que nunca hubiera imaginado. No es un lugar común: desarrollé un amor por los animales que no sabía que existía, pasé a ser un inquilino en mi propia casa, me convertí en el gestor de la cuenta de Instagram de mi gata, escribí un libro que se vende en varios países y, sobre todo, me convertí en el número de teléfono preferido de todas las personas que conozco que entraban en contacto con un gato. Da igual el tipo de relación. ¿Que quieren adoptar? Me escriben. ¿Que se cruzan con uno por la calle? Me escriben. ¿Que les llega un vídeo, una foto o un montaje? Me lo reenvían. Desde junio de 2016, el 80% de las imágenes que tengo en mi móvil son de gatos. La gente que investiga lo que hacemos con nuestros teléfonos debe de estar flipando.

Al mismo tiempo que Mía se hacía con el control del hogar, se iba consolidando una rutina bastante placentera para los dos. Superadas las primeras semanas, en las que llegar a casa era una lotería de pequeñas novedades en forma de destrozos, comenzamos a sentar las bases de un idilio desigual: yo me moría de amor por ella y ella me hacía caso cuando le daba la gana. Y eso hacía que la quisiera todavía más. Porque así es como funcionan la vida, en general, y el amor, en particular.

Al regresar del trabajo, salía a recibirme a la puerta. Se tumbaba boca arriba y reclamaba caricias. Después de cenar, cuando me echaba en el sofá, venía, se subía sobre mi barriga y comenzaba a amasarme con sus patas delanteras.

Hay personas que siempre están persiguiendo unos abdominales de acero. Si van a adoptar un gato, es más recomendable tener un poco de tripa, porque es blandita y la pueden amasar a su gusto. Se me olvidó incluir este cambio vital en el párrafo inicial: antes tenía los abdominales marcados y un cuerpo escultural. Que no, que es broma. Ya venía muy bien equipado de serie para tener una gata.

Tras un rato amasando, posaba sus dos zarpas delanteras y se quedaba dormida sobre mi pecho mientras ronroneaba. Yo le acariciaba la barbilla y la coronilla –a los gatos les encanta que les acaricien las partes que ellos no pueden lamerse– y me quedaba frito. Me iba a la cama y, al rato, venía ella. Solía instalarse en una de las esquinas. Allí pasaba la mitad de la noche.

A veces hacía una excursión nocturna en la que no tenía en cuenta que había alguien más en la cama. Otras, se bajaba y comenzaba a dar con la pata en la puerta del armario, pidiendo insistentemente que se lo abriera. Entraba y se quedaba allí dormida hasta que amanecía.

Por las mañanas, me vigilaba en la ducha. Después, me acompañaba a ver cómo le servía la comida. Antes de que saliera de casa, se colocaba en el rincón de esperar los premios. Cuando cerraba la puerta, me ponía esa cara que solo los gatos saben poner y con la que no sabía si me estaba echando en cara que tuviera el valor de dejarla sola todo el día o si, en realidad, estaba a punto de cerrar el puño, doblar el codo y traer el brazo hacia dentro, al tiempo que decía «¡Toma, por fin sola!».

Precisamente ese, el de la soledad, era el único motivo que hacía que me planteara adoptar otro gato. Viajo bastante por cuestiones de trabajo –a veces una semana entera– y, aunque soy afortunado de tener muy buenos amigos que desfilaban a diario por casa y que incluso se quedaban a dormir, me agobiaba pensar en todos los ratos que Mía pasaba sola.

Mía y Atún en plena observación.
Mïa con Atún, los dos gatos de Zuazua

Durante mucho tiempo, los supuestos inconvenientes de meter otro gato en casa pesaron más. Me aterraba la reacción de Mía. Una gata moderadamente feliz, dueña de su espacio, adaptada a sus rutinas… la reina de la casa, vaya.

Ya estábamos hechos el uno al otro. A menudo representábamos esa típica escena de una persona leyendo en el sofá, una tarde de domingo, con la gata durmiendo a sus pies hecha un ovillo. Solo nos faltaba la chimenea.

Tres años estuve repitiendo la frase «En mi casa no entra otro gato» a todas las personas que me preguntaban si no iba a adoptar un hermano o hermana para Mía. Quizá porque ya había demostrado la volatilidad de mi palabra, percibía cierta sonrisilla irónica cuando me escuchaban. El más directo era mi amigo Bilbo, que siempre decía: «Se empieza por uno…». (Bilbo, por cierto, tiene un hermano que se llama Frodo. No es un dato que tenga nada que ver con los gatos, pero es curioso).

Todas las personas que compartían su vida con gatos me hablaban de las bondades de tener (al menos) dos, de la compañía que se hacían, de lo mucho que jugaban, de que cuando te vas de viaje no se quedan tan solos… Me recordaba a mis últimos momentos de resistencia antes de adoptar a Mía. Seguía diciendo que no con la boca, pero mi subconsciente ya sabía cuándo y cómo. Otra cosa es que me negara a reconocerlo. Pero por tener, tenía ya claro hasta el nombre.

Los viajes aumentaban. Y el influjo de los gatos es inexorable. Mi entorno se dividía entre los que lo veían claro y los que pensaban que era un poco chaladura. Mi amiga Bárbara y mi televeterinaria Vero insistían en que lo hiciera. Mi madre decía que ni se me ocurriera. Creo que la pobre me veía viviendo con ochenta gatos. Yo cambiaba de idea según el día: unos, me mostraba decidido; otros, me echaba atrás y decía que ni de coña. Pensaba en la lata que sería limpiar dos areneros, acarrear dos transportines, comprar dos tipos de comidas, aguantar el periodo de adaptación, el riesgo de que te salga un gato terrorista, la castración… Pero luego veía la carita de Mía cada vez que cerraba la puerta de casa con la maleta en la mano y pensaba que a lo mejor no estaba tan mal darle un poco de compañía. En una especie de embudo mental, todas las preocupaciones se fueron reduciendo a una: ¿no le destrozaré a la pobre la existencia?

Pero la vida es ir avanzando. Cuando tenemos una situación medianamente controlada, tendemos a complicarnos (entiéndase que estamos hablando de adoptar otro gato y que se da por hecho que hay otras formas mucho más interesantes de complicarse la vida y también de que se la compliquen a uno sin quererlo). De otra forma, sería todo muy aburrido.

Casi cuatro años después de la llegada de Mía, comencé a buscarle un hermano.

Cuando el pequeño Atún cruzó la puerta de casa, recordé la frase de Hemingway: «Un gato solo conduce a otro gato».

Los tres estábamos a punto de empezar una nueva vida.

Atún bajo las mantas

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