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Cenizo: El primer perro comunitario de Caracas

El perro se ganó el respeto y la admiración de personajes de la época, y fue reseñado por plumas como la de Aquiles Nazoa

Muchas son las anécdotas que nos identifican y refuerzan nuestra identidad venezolana. Unos cuentos son más conocidos que otros, pero ninguno es menos relevante en la construcción de nuestra idiosincrasia y nuestro sentir cultural.

La historia de Cenizo, un perro criollo con nada de pedigrí, propone por ejemplo un antes y un después para los caraqueños del siglo XX.

Aunque poco se hable de él, para muchos que sí conocieron su historia, Cenizo sigue siendo un acontecimiento de orgullo e identidad para esa Caracas en blanco y negro.

Por eso nos abocamos a la buena idea de compartir diferentes miradas de lo que fue la historia de Cenizo, iniciando por una crónica que publicó hace algún tiempo ya, el equipo de Red de Apoyo Canino, en su cuenta Facebook, donde por cierto consideran que Cenizo fue el primer perro comunitario de Caracas.

«En aquella Caracas de antaño del siglo XX se hizo famoso el Perro “Cenizo” por ser un morador permanente y guardián de la Plaza Bolívar de Caracas.

Se dice que pertenecía a un extranjero que cada tarde iba a sentarse en la plaza. Cuando este murió en 1918, Cenizo (cuyo verdadero nombre se cree, era Juan) al encontrarse solo y en la calle se mudó a los pies de la estatua ecuestre de nuestro Libertador.

La Plaza Bolívar era literalmente su hogar, durante los nueves años que vivió allí, no hubo ningún otro perro que pudiera circular por la plaza, ya que Cenizo tenía muy bien delimitada su zona y atacaba sin compasión a cualquier can que osara aproximarse.

No había fiesta, velorio, misa o retreta en la que no se viera a Cenizo. Lo dejaban entrar a la catedral y comer en los restaurantes aledaños, dormía en las escaleras del Cine Rialto y hay quienes aseguran haberlo visto pasear dentro del Panteón Nacional. Hasta un collar de oro le regalaron alguna vez unos intelectuales de la época, pero al poco tiempo algún amante de lo ajeno se lo llevó.

El día que murió Cenizo, su foto fue primera página en casi todos los periódicos de la ciudad, columnas fueron escritas en su nombre y poetas compusieron bellas palabras con la esperanza de que acompañarán al can en su nueva vida.

Su cuerpo fue llevado al Aseo Urbano. Sin embargo, ante la gran conmoción que esta noticia ocasionó en la ciudadanía, un grupo de miembros del Club Paraíso le construyeron un ataúd de metal, buscaron sus restos y le dieron reposo en los jardines de este centro. Por suscripción popular se le quiso levantar una estatua, más nunca se realizó.

Desde su enigmática aparición en 1918, la Plaza Bolívar de Caracas fue el acogedor hogar de este perfecto desconocido, cuya procedencia hasta el presente, continúa siendo un enigma.

Cenizo fue la mascota de literatos, artistas y demás personajes de la élite culta y de alcurnia de la ciudad».

Hasta Aquiles Nazoa honró a Cenizo

Por su parte el poeta y escritor Aquiles Nazoa en su libro Caracas, física y espiritual, también narra un episodio dedicado a Cenizo.

Cuenta que el canino en cuestión estuvo presente, e incluso fue uno de los primeros en llegar, tanto a la fiesta de inauguración del Almacén Americano (1925), como a la presentación del primer ejemplar de Fantoches. Por si fuera poco, versos de Job Pim y dibujos de “Leo” se inspiraron en él y hasta un collar de oro le obsequiaron en un homenaje que propuso Manuel Díaz Rodríguez.

En una oportunidad, el mismo Nazoa escribió que Cenizo fue el primer perro venezolano con figuración internacional, porque la autora española María Álvarez de Burgos, escribió ”A las tres de a mañana en la plaza Bolívar, frente a la estatua del Libertador, no hay más de dos personas: Cenizo y yo”.

«Cenizo, el célebre guardián de la Plaza Bolívar. Este era un can que no permitía gente sucia, ni con paquetes, dentro de la Plaza Mayor. Perseguía también a otros perros que se aventuraron por los predios del Libertador. A las doce del día, y esto era famoso en Caracas, Cenizo se acercaba a la estatua y permanecía como dos minutos, con la cabeza en alto, mirando al héroe. Después se retiraba con el rabo entre las piernas.

El 29 de agosto de 1927, un tropel de gente colmó la Plaza donde solían visitar a su protegido, para custodiar la desgarradora muerte de aquel aristócrata. Los despiadados trabajadores del Aseo Urbano, arrojaron sin misericordia el cadáver del perro más querido por la excentricidad caraqueña en los terrenos de Los Chaguaramos donde, para entonces, se encontraba el horno crematorio. Conocido el atropello de que había sido víctima el pobre Cenizo, se unió la ciudadanía para constituir una junta que resolviera el vergonzoso hecho para rescatar los restos y darles sepultura el 2 de septiembre, a las tres de la tarde, en medio de un torrencial aguacero”, relata Aquiles Nazoa.

Cuenta que a su entierro asistieron personajes como Jorge Olavarría, Manrique Pacas, Lucas Manzano, Edgar Asola, Anzola Clotilde de Arvelo, Calcaño, Andrés Eloy Blanco, José Sabal hijo, entre otros.

Cenizo, el conocido de todos

Otra versión revela más particularidades de la vida de Cenizo, que poco a poco fue quedándose en el imaginario colectivo de los caraqueños de antaño.

«Un excepcional personaje de la plaza era de raza canina. No tenía pizca de pedigrí, pero sí demostraba una evidente inteligencia y malicia perruna, en su condición de cacri, es decir, de puro criollo-caraqueño. El nombre le venía, precisamente, al pelo, por su callejera pelambre. El cotidiano trabajo de Cenizo consistía en no dejar entrar a la plaza, perros de alcurnia ni plebeyos. Y mucho menos acercarse al monumento. Y repartía feroces mordiscos a los que, a cuenta de guapos, de tamaño, o estar acompañados, osaran regar los árboles.

Por su sociabilidad con los humanos y con alguna que otra perrita, se alimentaba bien con lo que le obsequiaron los clientes de la Cervecería Donzella. Entre ellos, José Benigno Hernández, médico y hermano, del santo varón José Gregorio.

Cenizo era curruña, es decir, gran amigo de limpiabotas, billeteros, poetas y escritores de las cuatro esquinas de la plaza, y fue tema de reportajes y poemas. En 1924 Leo le dedicó una portada de Fantoches con el fondo de la plaza y el monumento que tenazmente defendía.

Muchas son las anécdotas y curiosidades del sin par Cenizo, amigo de Palomo, el caballo del Libertador; de ese Cenizo más vivo que el carrizo, como en perfecto caraqueño se dice, y requete socarrón, que de milagro no pedía su lisa al catire Donzella en la cervecería, donde le guardaban también sus retallones.

En 1970 en un botiquín _ ahora se dice tasca llamado Los Leones de Anauco, ante sendos botellones de a bolívar y de pura cebada y lúpulos el chaqueñisimo Aníbal Nazoa decía que ‘cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar con la plaza Bolívar, con el Ávila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles’ y aseguraba que entre sus capítulos no podría faltar el dedicado a Cenizo».

Cenizo sigue siendo un orgullo para los Caraqueños

Aunque ha pasado casi un siglo de la muerte de este perrito, hay quienes se toman la tarea de divulgar los personajes emblemáticos de cada época. El Grupo Gran Ferrocarril de Venezuela (GFV), hizo lo propio al traer acotación la historia de Cenizo, siendo bien recibida para la mayoría y hasta motivo de sorpresa para otros, por su noble historia poco conocida.

Haciendo uso de sus acostumbrados hilos históricos en su cuenta Twitter, GFV no dejó pasar por alto la importancia que tuvo este perro en aquella Caracas del siglo XX. Destacando que Cenizo acaparó la portada de los principales diarios, el día de su muerte, destacando la historia firmada por Miguel Montefusco.

«Cenizo murió el 29 de agosto de 1927, lo que representó una de las noticias más tristes para los caraqueños, quienes lo convirtieron en un amigo más, compañero de tertulias y edecán honorario del Libertador… su fantasma sigue recorriendo día a día nuestra Plaza Bolívar», refiere.

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